La vieja alberca

Hace unos años Eduardo tuvo la genial idea de llenar una vieja alberca con el agua que venía del riachuelo que atraviesa la finca de sus padres. Quería aprovechar que la primavera había sido muy lluviosa y el riachuelo venía con mucha fuerza, así tendríamos agua para regar el huerto durante el verano. En cuanto me contó su idea y vi el estado de la alberca le dije: “Eso no va a funcionar, está toda agrietada y tiene un agujero a ras del suelo”. Edu miró el agujero y me respondió totalmente convencido: “Buah, está totalmente atascado, por ahí no sale nada” y se lanzó a llenar la alberca. 

La alberca vista desde dentro. Agujero abajo a la derecha, grieta de arriba a abajo a la izquierda y más…

A la media hora vino a buscarme emocionado: “Mira, ¡se está llenando!” y me llevó corriendo al huerto para que viera su obra de arte. Pero cuando llegamos, la presión del agua había empujado aquello que atascaba el agujero del suelo y todo el agua se estaba saliendo, formando un lodazal en el huerto. “Podríamos plantar arroz”, pensé. Podría haberme quedado callada, pero lo reconozco, me gusta tener razón y que reconozcan que la tengo, así que de mi boca salió un “Te dije que no iba a funcionar, pero bueno, ha sido un buen intento”. 

Edu no se da por vencido tan fácilmente, así que preparó cemento y tapó el agujero. Vino emocionado: “¡Mira, sé hacer cemento! ¡Ahora sí que va a funcionar!”. Fui a observar su obra maestra, pero tengo un problema… y es que soy asquerosamente perfeccionista y tengo el don de fijarme en los más mínimos detalles. Comencé a observar en profundidad el estado de la alberca y dentro de mi cabeza saltaban todas las alarmas. Estaba agrietada por todos los lados, y cuando digo todos, es TODOS. No había ni un sólo lateral que no tuviera como mínimo una grieta enorme. “Edu, no va a funcionar, se va a filtrar el agua por las grietas”, le insistí. “Que no, que esto funciona. Además, le he dado un poco de cemento también a las grietas”. Yo no veía el cemento por ningún lado, sólo veía las grietas, pero ahí le dejé con su entretenimiento favorito. 

A la hora me llamó emocionado: “¡Mira como funciona!”. Tenía razón, se estaba llenando, pero comencé a ver que se salían unos chorritos mínimos de agua a través de algunas grietas y le dije: “Se va a ir todo el agua”. Él: “Nooooo, esto aguanta, lo vamos a llenar hasta arriba”. Esto fue a las 12 del mediodía. Cuando fui a las 19h a ver el huerto, ya no quedaba nada de agua en la alberca y volvíamos a tener un lodazal. 

Pero Edu no se rindió… al día siguiente volvió a hacer cemento y se puso a tapar las grietas más grandes. Me dijo convencido que eso ya estaba solucionado y fui a ver la ñapa que había hecho… ¡toda una obra de ingeniería! Había puesto un pegote de cemento en la parte de arriba de la alberca, y el resto de la grieta que llegaba hasta abajo, no lo había tocado. Ya me estaba poniendo muy nerviosa: “¿Pero no ves que el agua se sale por abajo y que nunca lo llenas hasta arriba como para que se salga por ahí? ¡Justo estás dando cemento donde no lo necesita!”. Saca el cemento y se pone a intentar tapar las grietas verticales, pero éste no agarraba y se caía al suelo según lo intentaba poner. Después de lograr encajar dos gramos de cemento en cada grieta, decidió que ya era suficiente y esperó a que se secara para llenar de nuevo la alberca hasta arriba. Sorprendentemente la alberca aguantó llena un par de horas más, pero al final se vació como las veces anteriores.

Y aquí Edu entró en una rutina diaria en la que se dedicaba a ir echando cemento en la grieta que creía que era la causante, y llenaba la alberca de nuevo, para ver cómo se vaciaba a las horas. Día tras día, tapaba un nuevo agujero, una nueva grieta… así durante 15 días, hasta que la alberca se mantuvo llena hasta la mitad y Edu se sintió súper orgulloso de sí mismo porque había logrado su objetivo. 

La alberca aguantó llena hasta la mitad una semana, cuando comenzó a bajar de nuevo el nivel lentamente hasta quedarse prácticamente vacía a los pocos días. Y Edu continuó llenándola hasta arriba, para ver cómo se vaciaba a las horas hasta la mitad y a los días por completo, hasta que el riachuelo dejó de traer tanta agua y tuvimos que regar el huerto ese verano con el agua del pozo, tal y como habíamos hecho los veranos anteriores. 

Lo que le pasó a Edu con la alberca, es lo mismo que les pasa a la gran mayoría de las filosofías de pensamiento positivo y espiritualidad que están tan de moda. Quieren llenar con amor y pensamiento positivo unos corazones que están totalmente rotos y heridos. No sirve de nada llenar día a día el corazón con amor y positivismo, porque ese amor se acabará yendo a través de nuestras heridas. 

La única forma de llenar de verdad nuestro corazón de amor, sería reformando la alberca en condiciones. Quizás haya que cambiar todos los muros que están agrietados, haya que poner algún aislante para que no se pueda filtrar el agua y algún refuerzo para que dure en el tiempo. Con nuestro corazón hay que sanar el trauma, cerrar las heridas y fortalecer músculo para que sea capaz de recibir golpes sin ser dañado de nuevo. 

Muchas personas no están dispuestas a hacer una reforma, porque requiere un esfuerzo aparentemente mayor que el de enchufar una manguera y esperar a que se llene la alberca cada día. Con lo que no cuentan es que al no reformar su corazón, tienen que hacer un gran esfuerzo todos los días para llenar la alberca para nada, ya que en cuanto dejan de echar agua comienzan a perder todo su amor porque se va por las grietas. Un esfuerzo mayor al principio supone una tranquilidad a largo plazo. Si reformas la alberca, sólo tendrás que llenarla una vez, y además, ésta se llenará sola en cuanto llueva sin que tengas que mover un sólo dedo.

El trabajo interior que hay que hacer para ser FELIZ en mayúsculas, supone una reforma integral de nuestro ser. Para ello hace falta un gran esfuerzo al principio, pero a la larga se gana en calidad de vida. El primer paso es aprender a escucharse a uno mismo para identificar qué emociones tenemos atrapadas y qué personajes nos están saboteando. Y para ello he escrito el cuento “El Milpiés Que Quería Bailar Claqué”. Es un cuento ideado para enseñar a niños y adultos a soltar esas piedras que cargamos a nuestra espalda desde hace tanto tiempo y nos acaban hundiendo en el pantano de la mediocridad. 

Si no estás dispuesto a hacer todo lo necesario para ser el mejor contenedor de amor del mundo y llenar tu alberca al 100% de capacidad, no te compres “El Milpiés Que Quería Bailar Claqué”. Si eres de los que prefieren enchufar una manguera para llenar la alberca al 50% de su capacidad, no pierdas el tiempo leyéndolo. El tiempo es lo más valioso que tenemos y vas a necesitar mucho para llenar cada día tu alberca con amor. 

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