Enfrentarse al miedo “a lo salvaje”

El verano pasado adoptamos a nuestro gatito Chipirón, de apenas mes y medio. Era tan pequeñín como un ratoncito y le gustaba dormirse en mi hombro mientras trabajaba.

El verano pasado adoptamos a nuestro gatito Chipirón, de apenas mes y medio. Era tan pequeñín como un ratoncito y le gustaba dormirse en mi hombro mientras trabajaba.

Como vivimos en pleno campo, desde la protectora de animales nos recomendaron que no le dejáramos salir de casa en una temporada porque era presa fácil para águilas y otros animales salvajes. No le costó nada adaptarse a la casa, se hizo con ella enseguida, pero lo que más le gustaba era estar con nosotros.

Al mes y medio decidimos que hacía un día estupendo para que conociera el mundo, así que dejamos la puerta abierta y salimos al jardín.

Fue muy divertido y esclarecedor observar su proceso de adaptación.

Él quería estar con nosotros, pero ese mundo desconocido le daba mucho miedo. Así que comenzó el bailecito del Chipirón:

  • Huelo la cortina mosquitera de la puerta y me meto corriendo a casa.
  • Asomo la nariz entre las tiras de la cortina y vuelvo corriendo a casa.
  • Saco la cabeza de la cortina y vuelvo corriendo a casa.
  • Saco una patita y vuelvo corriendo a casa.
  • Saco las dos patitas y vuelvo corriendo a casa.
  • Saco cuerpo entero y vuelvo corriendo a casa.
  • Exploro el felpudo intensamente y vuelvo corriendo a casa.
  • Avanzo por el siguiente metro cuadrado y vuelvo corriendo a casa…

Así fue, alejándose poco a poco de su centro de seguridad hasta haber explorado el jardín entero. Fue absolutamente maravilloso ver cómo ese pequeño gatito se enfrentaba paso a paso a su miedo.

La verdad es que su curiosidad era mucho mayor que su miedo, pero en ningún momento fue un incauto ni salió a lo loco sin asegurarse de que el perímetro era seguro.

En cambio, cuando trajimos a nuestras gallinas, la reacción fue muy diferente.

Ellas habían sido criadas en cautiverio, hacinadas en pequeñas jaulas con otros cientos de gallinas y estaban claramente traumatizadas. Decidimos dejarlas cerradas en el gallinero hasta que se tranquilizaran, pero estar sólo tres gallinas en un gallinero abierto al aire libre era aterrador. Demasiados estímulos de golpe, demasiado aire entre ellas.

Se quedaban pegadas a una esquina las tres apelotonadas para mantener la calma. Ni siquiera subían a dormir al gallinero. Tenían arriba un dormitorio de lujo y estaban durmiendo a la intemperie por no tener valor ni para mirar qué había ahí arriba.

Necesitaron unos cuantos días para decidirse a explorar la parte de arriba. Cuando durmieron ya dos noches seguidas en los ponederos, decidimos abrirles la puerta para que exploraran el mundo.

Pero en lugar de explorar qué más había, volvieron a quedarse pegadas en la esquina opuesta a la puerta, apelotonadas las unas encima de las otras por el miedo tan horrible que les generaba esa puerta abierta. Después de varios días, a lo máximo que habían llegado era a estar paseando por el gallinero pero manteniendo la distancia de seguridad con la puerta.

Y me llamó tanto la atención verlas ahí auto-confinándose teniendo la libertad al alcance de sus patas, que quise hacerles una foto. Pero no podía enfocar bien con la malla gallinera, así que acerqué el móvil a la malla para enfocarlas y se asustaron tanto que salieron huyendo despavoridas del gallinero.

Y de repente se dieron cuenta de que no habían muerto instantáneamente por salir del gallinero.

Así que comenzaron a explorar cautelosamente los alrededores de la puerta.

Al poco rato volvieron al gallinero, pero el espíritu aventurero se apoderó de Escarlata y se convirtió en exploradora vocacional. Comenzó a irse cada vez más lejos y empezó a inspirar confianza en el resto de gallinas, que poco a poco fueron imitándola, hasta que llegó un momento en el que se acostumbraron tanto a la libertad, que comenzaron a regañarnos si nos dormíamos por la mañana y no las habíamos abierto a su hora. 😂 TREMENDAS.

¿Quieres lograr un objetivo, pero te da mucho miedo el cambio?

No necesitas hacer un cambio radical en tu vida. Sólo tienes que ir dando pequeños pasos que te acerquen al mismo, con la misma curiosidad y cautela que Chipirón. Expande poco a poco tu zona de confort.

¿Tienes tanto miedo que te sientes paralizado?

Tienes dos opciones:

1.- O resuelves el trauma que te ha generado ese miedo (ya hablaré en otro post sobre las técnicas que utilizamos nosotros).

2.- O buscas un miedo aún mayor que te impulse a salir del gallinero.

¿Qué miedo puede ser mayor que enfrentarte a ese cambio? Puedes imaginarte cómo será tu vida en unos años si sigues igual.

¿Cómo te sentirás sabiendo que podrías haber cambiado tu vida y no lo hiciste por miedo?

Edu y yo lo teníamos claro cuando vivíamos en Madrid. Queríamos vivir en el campo, pero no teníamos ni pajolera idea de cómo lograrlo. Pero ahora que llevamos ya 2 años viviendo aquí, no entendemos cómo no tenemos más vecinos por la zona. ¡Con lo bien que se vive en plena naturaleza!

Aviso, quien experimenta la libertad ya no quiere volver atrás. Nosotros no nos planteamos ir a vivir en un piso del pueblo ni por asomo. Y de volver a Madrid ni hablamos.

Nuestras gallinas son unas auténticas desvergonzadas. Se pasean por nuestra finca, por el camino y por las fincas de los vecinos tan pichis, oye. Son las reinas del lugar.

Y en cuanto a Chipirón, es el mayor de los pendejos del mundo. En cuanto llega el buen tiempo, se va durante tres días seguidos a la fiesta gatuna y vuelve cantando a las 4 de la mañana: “A mí me gusta el mimirimimiau, y a ratones yo cazar, maramamamiau, con el mimirimimiau, con el maramamamiau, a quien no le guste Chipi es un animal, es un animal” jajaja

Somos una familia campera feliz. ¿Quieres ser feliz? ¡Enfréntate a tu miedo y disfruta de la libertad! Mientras tanto, te dejo una foto de Chipirón sobre Tulipán (negro), para que veas esa cara de rey de la fiesta gatuna que no hay quien se la quite jajajaja 

¡Enfréntate a tu miedo y disfruta de la libertad! Mientras tanto, te dejo una foto de Chipirón sobre Tulipán (negro)

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