La niña que quería cambiar el mundo

El cuento de mi vida

Germinando

Había una vez, una niña muy sensible llamada Sara, que no entendía por qué había tantas injusticias en el mundo.

«¿Por qué se mueren niños de hambre? ¿Por qué hay pobreza? ¿Por qué hay guerras? ¿Por qué contaminan el planeta? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡¿Por qué?!»

No conseguía entender cómo cosas que a ella le parecían tan sencillas de resolver sólo con buena voluntad por parte de la gente, le parecían imposibles a los adultos.

«Eres la abogada de los pleitos pobres«, le dijo una vez su abuela.

Pero por mucho que le insistieran en que dejara de preocuparse por esas cosas, cada vez que se enteraba de alguna injusticia, un fuego interno la quemaba tanto, que se decía a sí misma: “Algún día cambiaré el mundo”

Su cabeza no paraba de crear mundos imaginarios, a un ritmo tan frenético como su nivel de energía. 

«A Sara la encierras en una habitación con cuatro paredes blancas ¡y no se aburre!», dijo un día una compañera de clase. Y tenía razón. 

A veces, se quedaba muy quieta, mirando al infinito y la boca medio abierta. Se quedaba tan absorta en su interior, que ignoraba fácilmente cualquier estímulo exterior. 

«¡Esta niña tiene problemas de oído!», decía su abuela después de estar llamándola durante un rato sin obtener respuesta.

«No, sólo está en su parra», respondía su hermana.

Soñadora compulsiva y optimista patológica. Creía sinceramente que el mundo era un lugar maravilloso y que todo se podía solucionar fácilmente. Sólo había que ponerse de acuerdo ¿y quién no querría que todos los seres fueran felices? Para ella era lógico pensar que todo el mundo era bueno por naturaleza y eso hacía que irradiara una alegría contagiosa allá donde fuera. 

Pero un día con 4 años, le dijo a su madre: “Mamá, de mayor voy a ser pintora, pero pintora de cuadros mamá, no de paredes”. “Hija, dedícate a otra cosa que los pintores se mueren de hambre”, le respondió cariñosamente. Su corazón se quebró en mil pedazos y conoció por primera vez lo que era la tristeza.

Amaba profundamente las artes y destacaba en todas las que practicaba. Su corazón se engrandecía cada vez que pintaba, escribía, cantaba, bailaba, tocaba el piano o hacía teatro. Pero aborrecía profundamente el colegio. Estar sentada durante tantas horas escuchando a cadáveres repitiendo palabras vacías, era una auténtica tortura. Así que para sobrevivir aprendió la técnica de seguir intensamente con la mirada a los profesores y asentir de vez en cuando como si fuera interesante, mientras que su cabeza iba de Egipto a Hawai, dando la vuelta a la luna sobre un pegaso rosa. Sí, rosa. Era su color favorito. ¿Acaso había un color más amoroso?

Madurando

Creció con su mundo polarizado entre las tediosas clases ordinarias y las apasionantes actividades extraescolares. “¿Por qué todo lo que se me da bien es considerado un hobby? ¿Por qué cualquier profesión artística es sinónimo de muerte por inanición?”, se cuestionaba.

Cuando llegó el momento de ir a la universidad, su corazón le pedía a gritos estudiar Bellas Artes, aunque terminar el conservatorio de piano, hacer arte dramático o ser escritora, eran opciones apasionantes. Pero su cabeza la convenció para agradar a sus padres y decidió estudiar Publicidad. Se autoconvenció de que como creativa publicitaria no sólo iba a poder aprovechar todas sus habilidades artísticas, sino que iba a cambiar el mundo. “Como futura publicista estoy concienciada del poder que ejerce la publicidad sobre los espectadores. Soy consciente de la gran responsabilidad que tenemos como creadores de tendencias y educadores. Y estoy dispuesta a hacer todo lo posible para crear campañas con fuerza, sentido, impacto y utilidad social. Si los publicistas nos lo propusiéramos, la publicidad sería espectacular y educativa.”, escribió como cierre de un trabajo de la universidad en el que recibió un 10. 

Pero en cuanto comenzó a trabajar en una agencia de publicidad, todo su mundo de valores y optimismo se derrumbó por completo. Día tras día recibía ostias de realidad, aderezadas con un estrés infame, compañeros de oficina desquiciados y un aterrador aburrimiento que iba creciendo lentamente en las cloacas de toda la mierda que tragaba a diario. En la agencia ya no podía sobrevivir viajando a sus mundos, ya que necesitaba toda la concentración posible para apagar fuegos que sólo quemaban el bolsillo del cliente. Al año de estar trabajando, toda la mierda que había estado tragando, explotó como un volcán en erupción, en forma de un ataque de ansiedad.

«¡No lo aguanto más! ¡Esto no es para mí! ¡Lo dejo!», sollozaba.

«No lo dejes, eres muy buena, ¡has ganado concursos creativos! Cambia de agencia, seguro que en otra te va mucho mejor«, le recomendaban sus familiares y amigos. 

Cambió a otra agencia y al año… «¡No lo aguanto más! ¡Esto no es para mí! ¡Lo dejo! ¡Lo dejo! ¡LO DEJOOOOO!», un ataque de ansiedad mucho mayor que el de la última vez hizo que presentara la carta de dimisión con un mes de antelación y comenzara a planificar su viaje por el Camino de Santiago.

Su madre entró en pánico. ¡Su hija sola por el mundo! ¡Con todos los miles de peligros a los que se podía enfrentar! Como sus peticiones de que se quedara no surgían efecto, comenzó a rezar a la Virgen, a Jesucristo y a todos los santos que conocía: San Pedro, San Juan, San Miguel, San Rafael, San Pancracio e incluso le ató los cojones a San Cucufato a ver si le ayudaba a recuperar la cordura perdida. Fue tan insistente, que decidieron que no soportarían ese ritmo durante los meses que durara el viaje e intercedieron por ella. Al menos, eso es lo que imaginó Sara, cuando una semana antes de dejar definitivamente la agencia, la llamaron de McCann para una entrevista. Si hubiera sido cualquier otra agencia, la hubiera rechazado. Pero era McCann, la empresa con la que había soñado trabajar desde la universidad y además, fue su mejor amiga quien había pasado su currículum y no quería dejarla mal. 

Nunca olvidarían ni ella ni el director de cuentas esa entrevista. Tras mostrarle su porfolio y que él le explicara las condiciones laborales, ella dijo: “Lo siento, sé que estoy perdiendo una gran oportunidad, pero llevo 4 meses sola dirigiendo el departamento creativo de la agencia, estoy más quemada que la moto de un hippie, quiero irme a hacer el Camino de Santiago y además, vosotros tenéis las vacaciones en agosto y yo ya he reservado dos cursos de danza, uno en junio y otro en julio. Si pasado el verano seguís buscando a alguien podemos volver a hablar”. Salió de McCann con su corazón haciéndole la ola por ser coherente con sus deseos.

Pero impactó tanto al director de cuentas, que debió de pensar que era LA CREATIVA DEL SIGLO. La entrevista fue un viernes y el lunes le llamó con una oferta ‘que no podía rechazar’: «Estamos a marzo, entras ahora, estás hasta junio, te pegas el verano de tu vida, vas a los cursos de danza, te haces el Camino de Santiago y en septiembre si quieres te reincorporas con contrato indefinido y con un aumento de sueldo», le ofreció triunfal. Pero un “¿me lo puedo pensar?”, terminó de rematarlo. 

Su corazón le decía que no, que siguiera con sus planes, pero su cabeza comenzó a valorar que hasta junio no tenía planes y que el dinero le vendría bien para hacer el Camino. Así que aceptó.

Ese verano al volver de los cursos de danza, en lugar de hacer el Camino de Santiago, decidió emprender y montar su propia escuela de danza del vientre. Al fin y al cabo, llevaba una década formándose en sus ratos de ocio y ya era bailarina profesional. Quería salir del mundo de la publicidad como fuera y volcó toda su energía en ello. 

Marchitando

En Septiembre volvieron a llamarla de McCann y mientras arrancaba el negocio, decidió compaginarlo. Pero su peor pesadilla se hizo realidad cuando por problemas con la adquisición de la licencia, tuvo que renunciar a su sueño a los pocos meses. Y al final en lugar de 4 meses, acabó trabajando allí 4 años. 4 años en los que fue cayendo lentamente por la espiral de mierda hasta que llegó a un lugar sin retorno. Su director creativo rechazaba absolutamente todas las propuestas creativas que ella presentaba y llegó a dibujarle en un papel lo que tenía que hacer. Pero el punto de inflexión se produjo el día que recibieron el siguiente Briefing: “Este medicamento ha tenido la patente durante 10 años. Se le ha acabado la patente y ha salido el genérico, que es más barato y tiene menos efectos secundarios. Pensad en la forma de seguir vendiendo este medicamento a los médicos.”

En ese momento su corazón no lo soportó más y desconectó su cerebro. Se negaba a vender su alma al diablo y a utilizar su creatividad para hacer el mal. Y se transformó en un mueble que ya no aportaba más ideas, sólo ejecutaba órdenes. Cuanto peor se encontraba, más se volcaba en la danza del vientre, que fue su salvavidas durante esos años, pero comenzó a pudrirse tanto por dentro, que en 2011, comenzaron a darle ataques de ansiedad cada vez que salía del metro camino a la agencia. Se sentía tan mal consigo misma, que comenzó a buscar una salida a través de libros de desarrollo personal y se apuntó a algunos cursos.

Compostando

Un día, al terminar uno de esos cursos, para despedirse dio un abrazo a un compañero al que no había prestado mucha atención y, de repente, todas las células de su cuerpo se activaron de golpe, dándole una descarga eléctrica que la sacó de esa muerte en vida y sintió como si algo dentro de ella dijese: “¡Por fin te encontré!”. Se fue temblando a su casa. No entendía qué había pasado, pero tenía claro que de algún u otro modo, tenía que conocer a ese chico, porque iba a ser importante para ella.

El destino quiso que a los 15 días coincidieran en un curso de autoestima, donde el profesor proponía dinámicas de contacto entre los compañeros. Cada vez que se tocaban, Sara sentía de nuevo la electricidad recorriendo todo su cuerpo. Y cuando llegó el ejercicio que consistía en simplemente mirarse a los ojos, se fundieron en un beso y el tiempo se detuvo para ellos. Los demás seguían rotando para practicar con el resto de compañeros, pero ellos ya no se separaron hasta que terminó la dinámica. Al día siguiente comenzaron a salir y a los 3 meses se fueron a vivir juntos. 

El mundo volvía a ser un lugar maravilloso junto a Edu, pero cuando iba a la agencia, la muerte se apoderaba nuevamente de ella. 

«Tienes dos opciones, o lo dejas, o tomas antidepresivos», le dijo un día Edu, que era psicólogo y coach.

Quería estar viva y consciente, así que lo dejó todo radicalmente, no sólo el trabajo, sino también la danza. La muerte se había apoderado tanto de ella, que padecía fatiga crónica. Se acostaba a las 10 de la noche, se levantaba a las 12 del mediodía y necesitaba echarse 3 horas de siesta. Estaba completamente fundida física, mental, emocional y creativamente. 

Rebrotando

Así que dedicó 3 años, 3 meses y 3 días a arreglarse a sí misma. Cambió hábitos de alimentación y comenzó a formarse en todas las terapias y técnicas de desarrollo personal que caían en sus manos: Coaching, programación neurolingüística, hipnosis, Eneagrama, método Sedona, EFT, Código Emoción, EMDR, Kinesiología, Craneosacral, Sanación Energética, meditación, mindfullnes y varias pajas mentales que decidió alegremente descartar de su vida.

Sin Edu hubiera abandonado. Era demasiado doloroso sacar de sus entrañas todos los demonios que había enterrado para no sufrir. Pero él nunca la dejó caer. La sostuvo en sus brazos y la amó incluso cuando ella no era capaz de amarse a sí misma. Y poco a poco, la fue soltando, hasta que Sara fue capaz de volver a caminar feliz por la vida.

Se casaron y de luna de miel se hicieron por fin el deseado Camino de Santiago. Esta vez su madre no rezó a ningún santo para que cancelaran el viaje. Sara se sentía física, mental y emocionalmente fuerte, así que a la vuelta, comenzó un máster para artistas totales para recuperar la creatividad. Durante un año, recibió clases de dibujo, pintura, poesía, narrativa, danza, teatro, fotografía, collage, escultura… y su corazón comenzó a latir con tanta fuerza, que despertó de nuevo a todas las neuronas de su cerebro. Su niña interior reía y bailaba rebosante de alegría, celebrando que había vuelto a la vida.

Regando

Así que llegó el momento de sanar su economía. Tantos años de cursillista patológica habían creado un pozo de deudas. Durante ese tiempo había intentando emprender por otros medios, pero nada había funcionado, por lo que tuvo que volver a la publicidad. Eso sí, lo hizo como autónoma, con sus horarios, sus normas y su espacio de seguridad. Se fueron a vivir al campo y trabajando en plena naturaleza con sus gatitos, pudo encontrar el equilibrio.

El bienestar que sentía por dentro parecía contagiar todos los aspectos de su vida, porque empezó a tener tantos clientes, que a los 3 años el volcán volvió a entrar en erupción y la ansiedad le hizo darse cuenta de que necesitaba comenzar a pensar como empresaria por su salud. Se levantaba a las 5:30 de la mañana y apagaba el ordenador a las 11 de la noche. Vivía en el paraíso pero estaba encerrada en una cueva día y noche. Aprendió a delegar en otros diseñadores freelances, y descubrió lo gratificante que era ofrecer a otros un trabajo con el que vivir dignamente. 

Floreciendo

Al ganar tiempo para ella, su corazón comenzó a pedirle a gritos que creara algo auténtico y acorde con sus valores. 

Coincidió que en esa época buscaba cuentos para regalar a sus sobrinos y no encontraba ninguno que le convenciera. 

«¿Por qué no harán cuentos en los que enseñen a los niños lo que yo tuve que aprender cuando caí en el pozo de mierda? Si lo hubiera aprendido de pequeña, seguro que no hubiera llegado hasta ese punto. Mmmmmm…. ¿Y si los escribo yo?»

Una luz se iluminó en su cerebro y comenzó a crear cuentos para sus sobrinos. Publicó La Fresita que no quería ser Cupcake y El milpiés que quería bailar claqué, dos cuentos que aunaban sus tres pasiones: la creación artística, el desarrollo personal y su amor por la naturaleza.

Creando Semillas de Conciencia

En aquel tiempo un amigo la llamó para hablarle de Neting, una red de emprendedores. Su cabeza le dijo: “Ufff, más trabajo… ¡qué pereza!”. Pero su corazón, la impulsaba a seguir por ese camino. Y como ya había aprendido que cuando hacía caso a su corazón le iba bien y cuando hacía caso a su cabeza le iba mal, decidió ir a una reunión de equipo. Allí se presentó como diseñadora gráfica y el manager le dijo: “Eso de diseñador gráfico es un rollo, diseñadores hay a patadas, tienes que diferenciarte, tú eres creativa, piensa en cómo puedes darle una vuelta”.

Y fue entonces cuando se dio cuenta de que llevaba toda la vida esperando a que otros le dijeran qué hacer y que nunca había salido al mundo a decir: “Esto es lo que ofrezco”. Así que su corazón se alió con su cerebro para fusionar su pasión por los cuentos con su experiencia en publicidad. Y comenzó a crear cuentos personalizados EXCLUSIVAMENTE para empresas que estuvieran alineadas con sus valores: empresas eco-sostenibles, socialmente responsables o enfocadas en la salud holística. Necesitaba creer en ellas, para poner todo su corazón en el proceso creativo.

Su creatividad se disparó a la par que su nivel de energía. Comprendió que ese bajón de energía que tuvo, se debió a estar utilizando su creatividad en algo en lo que no creía sinceramente. Se prometió a sí misma que buscaría la coherencia hasta el final de sus días. Y su corazón bailaba alrededor de su fuego interno, al darse cuenta de que no necesitaba luchar para cambiar el mundo, sólo necesitaba crear semillas de conciencia, que inevitablemente florecerían y harían de este mundo un lugar mucho mejor para todos. 

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