El valor del esfuerzo

Dediqué muchos años de mi vida a estudiar y a poner en práctica todas las técnicas de desarrollo personal que caían en mis manos. Tenía fe ciega en cada una de ellas. Cada vez que descubría una técnica o herramienta nueva, estaba convencida de que iba a ser la definitiva, que sería la que por fin me iba a salvar de mi miseria y gracias a ella iba a poder ser feliz para siempre.

¡No podía estar más equivocada! Si algo he aprendido es que NADA ni NADIE (ya sea a nivel físico, mental, emocional, espiritual o energético), va a hacer que nuestra vida cambie de repente, que nuestros problemas se solucionen y que seamos felices. Estamos intoxicados por la estúpida esperanza de tener que dejar de esforzarnos algún día: cuando gane suficiente dinero, cuando encuentre el amor, cuando termine este proyecto, cuando tenga salud, cuando cambie mi suerte… Vivimos auto-engañándonos, soñando con un futuro donde la vida sea fácil, donde no haya preocupaciones, donde tengamos salud, alegría, amor, dinero, vitalidad… todo ello producido por algún milagro o cambio espontáneo en nuestra vida. Tengo una mala noticia: ese futuro nunca va a llegar. No, no soy pesimista, de hecho si algo me ha caracterizado a lo largo de toda mi vida es un optimismo patológico cuasi ñoño. 

Pero el hecho de que mi tendencia natural sea esperar lo mejor, no quiere decir que siga creyendo que algún día vaya a tener que dejar de esforzarme. Mantener esa creencia no sólo es estúpido, sino auto-destructivo, porque al querer que llegue algún momento en el que yo deje de esforzarme, significa que no quiero seguir responsabilizándome de mi vida. Por tanto, al no responsabilizarme yo, estoy permitiendo que otro se responsabilice por mi: mi jefe, mis padres, el gobierno, mi pareja, mi vecino, mis amigos, mis maestros espirituales, el clima, el dinero, los astros, la terapia, el destino, dios… Y al dejar caer la responsabilidad sobre ellos, inconscientemente estamos afirmando que nosotros no tenemos tanto poder como ellos, que somos inferiores, que ellos saben más, son más listos, más valiosos, más eficientes, más de todo que nosotros. Y al hacerlo, les estamos entregando nuestro poder y nuestra energía. 

Hace unos años tomé la decisión de que no iba a volver a entregar ni mi poder ni mi energía a nada y a nadie. Estaba harta de vivir agotada a todos los niveles. Y fue increíble cómo al tomar la decisión adecuada, de repente mi energía cambió. Y con el cambio de energía fueron llegando paulatinamente cambios en mi forma de sentir, de ver el mundo, de actuar, de enfrentarme a los retos e incluso de verme a mí misma. No soy la misma persona que hace unos años. Ya no soy esa Sara insegura de sí misma, que consultaba a todo el mundo qué era lo mejor para ella, sin darse cuenta que la única persona que era capaz de saber lo que es mejor para ella, era ella misma.

Por mi experiencia personal, puedo afirmar que el 98% de las técnicas, terapias y herramientas psicológicas, energéticas y espirituales son una auténtica farsa que sólo sirve para que le entreguemos nuestra energía y poder al terapeuta, al maestro ascendido, a las palabras sanadoras, los símbolos mágicos y todas las boñigas que son externas a nosotros. Sí, para mí son caca, porque las conozco en profundidad, porque he estado metida con la mierda hasta el cuello y lo único que han conseguido es hacerme creer que me estaban ayudando cuando en realidad me estaban hundiendo aún más en la piscina de mierda. 

He descubierto que las técnicas más sencillas y aparentemente más estúpidas son las que realmente funcionan. Nos han engañado con la idea de que para sanar o solucionar nuestros problemas necesitamos técnicas complicadas, símbolos raros, largos aprendizajes, que un maestro nos de permiso para comenzar a ejercer nuestro poder y nos inicie en sus rituales de falsa luz, que necesitamos aumentar nuestra vibración y nuestro poder para poder comenzar a hacer cambios en nuestra vida… Todo es una auténtica patraña. He comprendido que la mentira siempre necesita dar explicaciones complicadas (sólo comprensibles para “elegidos” o personas “suficientemente evolucionadas”) para vestirse de verdad, mientras que la verdad se muestra tan simple que hasta un niño pequeño es capaz de comprender. Y lo que es más importante, que es mucho más efectivo dejarnos guiar por nuestra intuición, que seguir pautas ajenas.

He aprendido que nadie tiene más poder que yo y que nadie es superior (ni inferior) a mí. Y lo digo con el orgullo de ser humana, un ser humano que vive en la tierra, no en los cielos. Una humana que disfruta caminando y que ya no necesita volar espiritualmente (y mucho menos tener alas como los angelitos…). No hay nada más espiritual que caminar, porque supone un esfuerzo. La falsa espiritualidad nos quiere convencer de lo contrario: nos vende la moto de que en algún momento dejaremos de esforzarnos y que todo será amor, felicidad y flower power. Quizás no en la tierra, pero sí “en otros planos más elevados”. Y acabas viviendo tu vida en la tierra como si vivieras en dichos planos y te conviertes en un pelele sin poder ni energía. 

Sí, sé que con estas afirmaciones muchos “egos espirituales” se me van a lanzar al cuello y van a decir que menudo ego tengo, que debo de tener mucho odio en mi interior, que debería hablar con más amor… lo siento, no hay nada de amoroso en quedarse pasivo entregando amor a quien te está inflando a ostias activamente. El verdadero acto de amor es defenderse ante los golpes, porque es un acto de amor hacia ti mismo. Y no estaría siendo realmente amorosa con vosotros si no os contara mi experiencia, si me callara para mí las cosas y no las compartiera sólo porque “cada uno está en una fase de evolución diferente”. 

Con esto quiero dejar claro que si buscas un gurú, no lo vas a encontrar aquí. Yo ni voy a salvarte ni te voy a sacar de tu piscina de mierda. El único que puede hacerlo eres tú. Y si tú no te esfuerzas, te vas a quedar en la piscina de mierda toda tu vida. Y lo peor de todo es que ya no podrás culpar a nadie de ello. Sabrás que estás ahí por voluntad propia, porque cada día haces la elección de dar los pasos para salir de ella o de seguir tambaleándote para hundirte aún más en tu miseria. 

Sé que mi mensaje llegará a quien realmente quiera responsabilizarse de su vida, tomar su poder personal y hacer un cambio de verdad. Hace falta mucho valor para destapar la caja de Pandora, enfrentarse a sus demonios y hacer un trabajo diario para resetearla. Sí, a diario, porque hasta que nos desintoxiquemos de todos los pensamientos, creencias y emociones, hay un largo camino. ¿Estás dispuesto a recorrerlo? En El Milpiés Que Quería Bailar Claqué, te cuento algunas de las herramientas que sí me han funcionado 😉

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