El último día de mi vida

  • Sara 

Estoy con un grupo de amigos en la orilla de una playa al sur de Cataluña, al atardecer de un día gris y nuboso. Contemplamos sorprendidos la fiereza con la que rompen las olas. El mar, enfurecido, vuelca los barcos que se atrevieron a navegar por él. Alzo la mirada al horizonte y observo a lo lejos cómo una ola gigante se aproxima vertiginosamente hacia la orilla. “¡Un tsunami, corred!” – comienzo a gritar mientas salimos todos corriendo. Atravieso el paseo marítimo dando el grito de alarma a todos los viandantes, que me miran con incredulidad. Me adentro en la ciudad, donde todo el mundo parece ajeno al desastre que se avecina. Mi cabeza no para de buscar la forma de mantenerme a salvo mientras mi cuerpo sigue corriendo sin parar, como por una inercia de supervivencia absurda, ya que nunca podré ser más veloz que un tsunami. Sé que tengo que decidir algo rápido, pero mi cuerpo sigue corriendo como loco. Hay a mi alrededor muchos edificios lo suficientemente altos como para poder subir a lo más alto y poder ver pasar el tsunami con seguridad. Quiero encontrar un edificio lo suficientemente resistente como para que no se derrumbe con el impacto de la ola, pero comienzo a dudar y mi cuerpo sigue corriendo sin dirección alguna. No me decido por ninguno y el tiempo se me echa encima.

Recuerdo la película “Lo imposible”, el dolor de la mujer al recibir los golpes de todos los desechos que arrastraba el mar. Me da tanto miedo el dolor que se me ocurre una idea absurda: conseguir goma espuma de algún asiento y cubrir mi cuerpo con ella, rodeándola con cinta aislante. Así estaría protegida ante los golpes y flotaría. Entro en el primer edificio que encuentro, parece una discoteca o estudio de grabación. Encuentro la cinta aislante y me acerco a una silla para arrancarle la goma espuma. Aparece un Morfeo moderno, vestido con vaqueros y una camiseta blanca ajustada que acentúa sus negros músculos. Me mira como si me conociera de toda la vida, y me dice completamente desesperado: “¡¿Pero qué haces Sara?! ¡¿No ves que vas mal por ahí?!” Miro hacia atrás y el tiempo comienza a pasar a cámara lenta ante mis ojos. La ola choca violentamente contra el ventanal, que estalla disparando miles de pequeños cristales hacia mí. Alzo la silla como un escudo que me protege del primer impacto, pero que no sirve de nada contra la ola, que me hunde y me arrastra con ella. “Es el fin” – pienso mientras soy tragada por el agua.

Toda mi vida comienza a pasar delante de mis ojos a gran velocidad. Pienso en mi madre, tendría que haberla llamado para decirle que la quiero. Me arrepiento profundamente de las muchas discusiones absurdas y de las pocas muestras de afecto que les he dado a mis padres. Pienso en Eduardo, desearía poder hablar con él en este momento y decirle que siga adelante sin mí, que rehaga su vida y que sea feliz. Me ha dado tanto amor que se merece toda la felicidad del mundo. El agua me ahoga violentamente. Me arrepiento profundamente de no haber tenido hijos con él. ¡Deseaba tanto ser madre! Pienso que no puede terminar todo aquí, no ahora, no en este preciso momento. “Quiero vivir, ¡quiero vivir!” – afirmo con rotundidad. Comienzo a nadar para salir cuando la ola me escupe hacia la superficie y puedo dar una buena bocanada de aire. Mi cabeza toca el techo y el nivel del agua asciende a gran velocidad. Estoy encerrada y me quedan pocos minutos de aire. Me arrepiento de todas las ideas que se quedaron en mi cabeza y que no llegué a llevar adelante porque “no tenía tiempo”. Siento que he desperdiciado mi vida y que no he dejado nada de todo lo que tenía para dar. El agua cubre por completo la sala, me hundo en el mar. Quiero vivir, pero ya es tarde para desear.

Me despierto con el corazón a punto de salirse del pecho. A mi izquierda Eduardo duerme plácidamente completamente ajeno a mi pesadilla. Doy gracias por estar viva y por poder tener la oportunidad de crear todo lo que quiera y que no hice antes por priorizar otras cosas. Sólo era un sueño, pero no era “sólo un sueño”. Conozco muy bien su interpretación onírica: el agua son las emociones y el mar, cómo está tu vida; por tanto, según eso mi vida está patas arriba por las emociones. Pero era tan vívido, que era mucho más que eso.

El sueño me ha obligado a replantearme mi vida y a hacerme ciertas preguntas:

  1. ¿Qué metas o torres altas estoy dejando pasar por dudar e ir corriendo como un pollo sin cabeza?
  2. ¿Qué parches estoy intentando poner para sobrevivir y que me están matando?
  3. ¿Cuáles son mis prioridades?
  4. ¿En qué invierto cada día el tiempo del que dispongo?
  5. Si hoy fuera el último día de mi vida, ¿qué haría?

Muchas cosas van a cambiar en mi vida. Desperdiciamos nuestro tiempo como si fuéramos a vivir eternamente, pero ahora soy consciente de que todo se puede acabar en un instante. A partir de ahora, voy a vivir como si hoy fuera el último día de mi vida.

Y tú, ¿te arrepentirías de algo si hoy fuera el último día de tu vida? ¿qué cosas cambiarías?

Deja un comentario