El miedo a la página en blanco

  • Sara 

Una página en blanco provoca tanto pavor como saltar al vacío. Nunca sabes exactamente dónde, cómo o cuándo vas a caer. Y al igual que saltar al vacío, hace falta querer intensamente lanzarse sobre la página en blanco para dar el primer paso. Y es que es el primer paso el que da terror, el resto viene rodado.

El verano pasado decidimos hacer barranquismo por el río Arbillas, en el Valle del Tiétar (Ávila). Sinceramente, tenía ganas de hacerlo porque no tenía ni puñetera idea de qué iba a hacer exactamente durante el recorrido. Contaba con que me iba a bañar en el río, que iba a colgarme con unas cuerdas para descender haciendo rápel, que iba a pasar o mucho frío por el agua o mucho calor por el neopreno… pero con lo que no contaba era con que nada más llegar, lo primero que nos iban a pedir era saltar al vacío a unas pozas. Con perdón de la expresión, me cagué viva. Entré en pánico, todos los del grupo iban saltando uno a uno, disfrutando como niños, queriendo repetir incluso, y ahí estaba yo, paralizada, a punto de llorar por tener que saltar a la poza.

El miedo es un extraño habitante de nuestro ser, un incómodo inquilino que no sabemos cuándo decidió instalarse porque nunca hace ruido, pero cuando le da la gana, monta tal fiesta que tambalea todos los cimientos y destroza el edificio. El miedo es un espectro traicionero, al que no ves hasta que de repente paraliza, bloquea, enferma, debilita y estupidiza a quien posee. Y es que tener miedo es muy parecido a una posesión espiritual, porque es el miedo el que comienza a tener el control sobre ti y tu te conviertes en una marioneta controlada por una emoción invisible.

Y así estaba yo, poseída por el miedo sobre esa roca mirando la charca que me esperaba abajo. Ya habían saltado todos y el monitor intentaba tranquilizarme: “Sólo tienes que dar un paso y dejarte caer, sólo un paso, no saltes, camina”. Pero el miedo me manejaba mandándome imágenes catastróficas sobre mil formas diferentes de morir dando ese simple paso. ¿Y si me quedaba corta con el paso y me estampaba contra las rocas?, ¿y si iba demasiado deprisa y me tropezaba?, ¿y si daba mal el paso?… Y es que dar un salto a lo loco, a veces es más fácil (aunque muchísimo más peligroso) que dar un paso sereno y confiado.

Muchas personas sienten ese mismo pánico cuando tienen que enfrentarse a una página o a un lienzo en blanco. Y al igual que me decía el monitor aquel día, lo único que puedo decirte es: “Sólo tienes que dar un paso”. Porque en el momento en el que escribas la primera palabra, el resto de palabras aparecerán solas si sueltas el control y te dejas caer. Ese día logré dar el paso y finalizar todo el recorrido con mis compañeros. El barranquismo me enseñó que no es que uno sea valiente porque no tiene miedo, sino que uno es valiente, porque es capaz de actuar a pesar del miedo. 

La próxima vez que sientas miedo a la página en blanco, pregúntate:

“¿Prefiero seguir siendo la marioneta del miedo, o prefiero ser libre?”.

Sólo tienes que tomar la decisión de saltar. ¡Ánimo valientes!

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