Conviviendo con la enfermedad

Vivimos en una sociedad enferma, y no me refiero al sistema político-económico que tenemos (eso es otro cantar el cual no voy a entonar ahora), sino a cómo se ha implantado la enfermedad como algo habitual e inevitable.

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Es prácticamente imposible encontrar a una sola persona que esté perfecta de salud. Preguntes a quien preguntes, siempre tiene algún dolor con el cual convive porque va y viene: dolor de cabeza,  de espalda, de estómago, de rodillas… quizás no tiene un dolor específico, pero físicamente no se encuentra bien y sus análisis se disparan en algunos parámetros, teniendo alto el colesterol, el azúcar, la tensión, o teniendo excesivamente bajo el hierro o las defensas, por ejemplo.

Y es que la enfermedad se ha convertido en la norma, y la salud en la excepción. Parece que nos tenemos que conformar porque “me ha tocado esta enfermedad a mí”, “no se puede tener todo en la vida” o “es hereditario”. Son este tipo de creencias las que llevo eliminando de mi vida desde hace unos años y curiosamente, mi salud ha cambiado radicalmente.

Desde que nací la enfermedad ha formado parte de mi vida. Siendo un bebé de pocos meses, me retorcía de dolor y lloraba a rabiar por los cólicos. El dolor de estómago formó parte de mi infancia como algo que iba conmigo. Siempre estaba ahí, nunca desaparecía, estaba acostumbrada a él y podía ignorarlo casi siempre, excepto cuando el dolor se hacía tan agudo e insoportable que me doblaba literalmente, porque me impedía andar erguida. Además comenzaron a alternarse el estreñimiento y las diarreas cíclicamente.

Los médicos no encontraban nada. “Eres una niña muy nerviosa y los nervios se agarran al estómago”, me decían. Y no me daban ninguna solución. Con el paso de los años al dolor de estómago se le sumaron otras dolencias. Con 8 años ya sufría de migrañas y de mareos. Miles de pruebas médicas y no encontraban solución, sólo más problemas: con 10 años iba cada dos meses a que me sacaran 4 tubos enormes de sangre porque tenía el colesterol altísimo… además, me dijeron que tenía hipermetropía leve y me pusieron unas gafas que no llegué a ponerme nunca. Sufrí una otitis aguda en verano, y desde entonces tenía que ponerme tapones al bañarme. Siguió pasando el tiempo y con 13 años empecé a tener dolores menstruales agudos, candidiasis, contracturas en la espalda y la mandíbula comenzó a crujir cuando masticaba. Además, me dijeron que ya no tenía hipermetropía, sino miopía, pero eran males menores en comparación con lo demás.

Con 15 años todo se intensificó considerablemente. Un día al abrir la boca para dar un mordisco a un perrito caliente la mandíbula se me desencajó por completo y no pude abrir nada más que un centímetro durante meses. Me pusieron una férula de descarga por la noche porque, además, tenía bruxismo. Tenía la musculatura de la espalda tan rígida que un fisioterapeuta la comparó con el caparazón de una tortuga. Tuve que dejar de hacer gimnasia rítmica porque tenía la espalda torcida, así que comencé a hacer natación y me dio un ataque de lumbago que me inmovilizó un par de semanas. Comencé a tener alergias y a sufrir ataques de asma regularmente. Tenía la tensión ocular muy alta y la arterial muy baja. A la miopía se le sumó el astigmatismo. Por supuesto, los dolores de estómago continuaban, las migrañas también y los mareos se hicieron tan intensos que primero me pusieron un collarín y luego estuve yendo a rehabilitación por vértigos durante meses. Fue ahí cuando comencé a decir: “Me hicieron bien pero me acabaron mal”.

Estuve conviviendo muchos años con la enfermedad, probando todo tipo de medicamentos que me recetaban los médicos para frenar los diferentes síntomas. Con 28 años mi cuerpo dijo basta ya, y comencé a sufrir fatiga crónica y fue ahí cuando comencé a dar los pasos para lograr la salud que tengo hoy.

Pero para saber cuáles son dichos pasos, tendréis que esperar al próximo post 😉 Hasta mañana!

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3 pensamientos sobre “Conviviendo con la enfermedad”

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